Nostalgia
A menudo me siento de otro mundo. Mis palabras se atolondran y mi voz cuando se escucha se asemeja a un eco sin sonido. Es el silencio, querido amigo. Me presentó así por las buenas, pensando que me encuentro sentado en un despacho – lleno de luz sí – pero no en el campo. Soy más feliz en medio de los almendros en flor que negociando la letra en un banco. El de Botín, González o Pastor. ¡Qué más da!, sino valgo para eso.
Me decía esta mañana un buen amigo que cuando sale de su casa no sabe que camino tomar. Si optar por la izquierda o la derecha y qué lo importante es saber a dónde vas. Es un poeta de la vida que cuando toma un autobús duda si es el correcto o si va en la dirección adecuada. Más de una vez, me contaba, que ha tenido que apearse al final del recorrido por andar encaprichado con una novela. Me hace gracia este amigo. Es buena gente.
Siempre me ha encantado acudir a una exposición, a un concierto o a un teatro. Claro, eran otros tiempos. Antes, la cultura y los medios eran menos accesibles. Ahora. Utilizamos el término democratizar. Los medios sociales, usos y costumbres. Es la ventaja de vivir en democracia.
Aunque ahora está todo lleno. Los aviones, el Ave, las carreteras, las estaciones de esquí, los senderos pirenaicos, las playas. ¡Qué agobio! Antes era todo para mí y ahora es de todos. La recesión, dicen que está aquí. Ya ha llegado. Pero yo no me lo creo.
Quizás. Ay. El consumo se haya transformado. Antes, era el coche, una segunda vivienda, el televisor, una nueva cadena de música. Ahora, no. Aparte de todo esto, cargamos sobre nuestras espaldas otra cuenta paralela. Es la llamada al consumo, impulsivo o instantáneo. ¡Qué más da! O, más bien, es aquel banco con el que trabajamos para aparentar. Ya sabe. Me compro este todo terreno para ir al supermercado de aquí al lado o llevar a mis hijos al partido del sábado. A veces me pregunto si no confundimos el asfalto de nuestras ciudades con el verde de nuestros campos. Allí, pacen los toros bravos. Pastan en aquel paraje. Muy lejos de estos ruidos tan extraños.
Parezco un tipo singular, pero no lo soy. Me encanta estar con la gente, bailar, beber cerveza fresca y pedir manzanilla. Que no. No la de infusión, sino la del sur. Hace años esto me pasó. Viajé a Barcelona, de negocios, y en un restaurante le pedí al amable camarero una manzanilla. Era verano y bajo el calor de esos cuarenta grados, al hombre no sé le ocurrió más que traerme una infusión. Ante mi expresión de extrañeza, le expliqué que en el sur cuando alguien quiere manzanilla se la sirven bien fresquita. Que no es sólo buena para el colesterol malo sino que se acomoda perfectamente a las entretelas de un sorbete, el sorbete de manzanilla con jamón. La manzanilla, querido lector ya sabe, es la única bebida que advierte, por sí misma y con antelación suficiente, que hasta aquí hemos llegado.
Posted on Thursday, April 17 2008
Author: admin
Tagged: medios sociales, Vivir
Related News: Mi tributo a Paul Newman, El Cronista de la Expo de Zaragoza 2008 visitó ayer el Pabellón de Extremadura, La Junta de Extremadura trae la magia y música gitanas a la Expo 2008, Tuzsa y la frecuencia de los buses a la Expo, ETA quiere silenciar a la prensa,
Previous: ¿Por qué el Papa ama América?
Next: La voz del pueblo
