Santa Catalina de Siena, patrona y protectora
Hoy es Santa Catalina de Siena. Soy providencialista. Me enseño a serlo hace años ese empresario ejemplar de José María Ruiz Mateos. Pienso que hoy es un buen día para estrenar este blog y nombrar a esta santa, mi patrona y protectora. El pasado 12 de marzo, San José, comencé a volcar mis opiniones. Es mi santo y patrón. Un amigo mío, que se dedica a esto de la opinión pública y columnista de un prestigioso diario, me habló de su devoción a esta santa analfabeta, sabia y doctora de la Iglesia. “Es mi intercesora ante los medios de comunicación y a diario le pido que nos ayude a los periodistas a buscar la verdad”. Me llamo la atención esta frase suya y su devoción.
Sus restos están en el altar de la iglesia de Santa María sopra Minerva, en Roma. Hay otra estatua suya en los jardines que hay entre el Castel Sant’Angelo, el Tiber y el comienzo de la avenida de la Conciliazione desde el río.
La vida de esta mujer, que vivió sólo treinta y tres años, se merece que la traiga aquí. A Catalina la situación de la cristiandad en ese período difícil de la segunda mitad del siglo XIV, cargado de guerras internas, le parecía insoportable. Consideraba una desgracia que el Papa estuviera lejos de Roma, su sede natural. A su vez le parecía escandaloso que algunos príncipes cristianos no lograran vivir en paz entre sí.
Catalina, personalmente y por medio de cartas escritas por amanuenses – pues no sabía escribir, se empeñó en reconciliar al Papa con sus adversarios. Su palabra ardiente corría en todas las direcciones. Era una palabra de timbre materno, caracterizada por una firmeza intrépida y una dulzura persuasiva. Alrededor de ella sucedía algo que parecía humanamente imposible: Se ablandaba la dureza de los corazones, y todos volvían a gustar la alegría de familias o de comunidades enteras reconciliadas en la paz.
La experiencia de Catalina de Siena es un caso ejemplar. Son muy conocidas las emotivas palabras con las que se dirigía al Papa Gregorio XI para alentarlo a hacerse promotor de la paz entre los cristianos: “¡Paz, paz, paz, mi dulce padre, y no más guerra!“. Palabras parecidas a éstas escribía a soberanos y príncipes, y no dudaba en emprender también difíciles viajes para despertar en los contendientes sentimientos de reconciliación. Su valiente compromiso social y político suscitó no pocas perplejidades entre sus mismos superiores y tuvo que presentarse ante el capítulo general de los dominicos, en mayo de 1377, para explicar su conducta.
A pesar de ser una mujer sencilla, que no sabía leer ni escribir, su prestigio era tan grande que el Papa y los hombres más prestigiosos escuchaban sus consejos con el mayor respeto y en cierto modo la reconocían como una especie de mediadora diplomática. Gracias a sus exhortaciones el Papa Gregorio XI decidió abandonar Avignón para siempre con lo cual el papado pudo regresar definitivamente a Roma después de más de 60 años de ausencia. En 1970 el papa Pablo VI la proclamó doctora de la Iglesia por su gran aporte a la doctrina católica.
Hoy, un día muy especial, alzó mi mirada hacía ella. “¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! Porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!“. “El amor más fuerte y más puro no es el que sube desde la impresión, sino el que desciende desde la admiración”. Sirvan estas líneas para mostrar mi admiración hacia los periodistas de fácil ingenio y pluma no menos ágil. A los que buscan, encuentran y aman la verdad desde este oficio.
Posted on Tuesday, April 29 2008
Author: admin
Tagged: intercesora, periodistas
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