El monstruo de Amstetten
Las escenas del horror no me las puedo quitar de mi cabeza. A veces pienso que el campo de concentración nazi de Auschwitz en Polonia sigue abierto y que el hijo del comandante juega con un niño, el niño de pijamas con rayas. A nadie le deja indiferente esa historia. Benedicto XVI en su visita a aquel infierno se preguntaba en alto. ¿Por qué, Señor, permaneciste callado? ¿Cómo pudiste tolerar todo esto?
Ante la maldad de Fritlz a cualquier le asaltan preguntas y preguntas. ¿Cómo es posible tanto mal?, ¿Por qué existe el mal? o ¿Para qué tanto daño? Me queda claro que el mal existe. Es consecuencia de la ausencia de Dios en el mundo que se ha convertido en un lugar inhóspito e inhabitable. Estoy horrorizado.
Este austriaco, esposo y padre ejemplar ante los ojos de la sociedad, vivía bajo una apariencia bondadosa. Su vida era, toda ella, falsa. ‘El trabajo te hace libre’. Era el lema del campo polaco que servía para la ‘solución final’. El padre que secuestró y violó a Elisabeth, su primogénita, durante veinticuatro años seguidos planificó su propia ‘solución final’. La violencia no crea la paz sino que suscita más violencia. Es una espiral de destrucción en la que toda la sociedad es la que al final pierde. Aquí, en este caso, se ve claramente.
Este monstruo es uno de los nuestros. Es fruto de la sociedad en la que vivimos y sus consecuencias las vemos a través de estos pobres niños que han sufrido el silencio de los corderos. Nadie dice nada. Nadie oye nada. Somos todos ciegos, no queremos salirnos de nuestra burbuja, nuestro mundo. En nuestro yo más profundo pensamos que la persona es lo más sublime, lo más excelso, lo más misterioso que existe en el mundo. Es verdad.
Es así hasta que resurge nuestro egoísmo desde dónde el prójimo lo consideramos de nuestra incumbencia, de nuestro interés, si nos es útil para alcanzar nuestros objetivos. Convertimos al ser humano en una mera mercancía que sólo sirve para usar y tirar. Es el alejamiento de Dios. Es éste el verdadero problema. A más a más. El hombre no es ya sólo un lobo para el hombre sino que pretende sustituir al mismo Dios. Aquí es cuando se produce el decaimiento, la caída en picado, el derrumbe. Nuestra vida no tiene sentido.
Mis mañanas, las de los tazones de leche, la fruta, el cacaolat, rápido a lavarse los dientes que el autobús se nos escapa, o mis días no las sustituyo por nada en el mundo. Miró a mi mujer y la contemplo como una obra de la divinidad, como un don maravilloso que Dios me ha concedido. Es un ser sublime. El amor es un misterio. Es lo mejor de la vida para no reducir a los demás en un mero utilitarismo. Si no lo vemos así nos podemos convertir en monstruos, como el de Amstetten.
Posted on Friday, May 9 2008
Author: admin
Filed under: Opinión, infancia
Tagged: Amstetten, Auswchwitz, Benedicto XVI, Familia
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